En este mundo no vencerá la oscuridad. Vendrá una noche serena en la que pensaremos el mundo, reunidos alrededor de una hoguera rebosante de estrellas. Entonaremos himnos con la primera lengua donde los manantiales miran la eternidad interior, la que somos y hoy no vemos. Mi desnudez me ha dicho estas cosas mientras discuten los relámpagos con las tinieblas. Yo contemplo, testigo impávido, tanto cielo azotado por la confusión, tantos mares desbocados queriendo penetrar la altura con su furia de huracanes y convulsiones tectónicas. Estoy debajo del último árbol, hijo del corazón y el conocimiento, al que ya le han arrebatado sus códices y frutos, pero aún se yergue definitivo con sus ramas que apuntan a los héroes. Su savia, suave voz aflorando en el jardín profundo de mi sangre.
Mis pies han pensado con la misma dureza de las piedras para seguir haciendo el camino, han escuchado su remota melodía de incansables labradoras del mundo. En la tierra sedienta sobrevive una flor humilde que me sonríe, es la poesía. El horizonte invoca a mis labios, el néctar del atardecer se ha derramado.
viernes, 27 de junio de 2008
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