Máscaras vagan por mi angustia
como queriendo asirse del rostro del exilio.
Sólo me visitan los días de luto con cántaros vacíos
cansándoles el hombro;
ya no viene más la flor ardiente
y mi sed soñadora le busca en las noches
de lápidas abiertas.
Me queda un espejo y el reproche,
la pérdida del mundo vuelta loca entre mis pies descalzos,
un hombre al que arrastro
y bien me sé autor de su intemperie,
quien le abra la tumba cuando venga el final
con un séquito de sombras.
Son éstos mis días mutilados,
los que no han besado ni siquiera la ceniza de un viejo amor,
los que vienen de visita a consolarme
bajo la inevitable luz de su propio desconsuelo.
miércoles, 2 de enero de 2008
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