Un muerto reza cada noche,
un muerto cae rendido y se arrepiente,
llora su amargura ante mi sombra.
Qué voy a hacer con este hombre
que arrastra a cada paso
sus muelas oxidadas
donde las tinieblas le ladran.
Qué voy a hacer con este hombre
y su conciencia, luz que lastima,
si es más fácil abordarle por su sombra
que por sus patas asirle.
Qué con las voces que le velan
y le cantan y le danzan desde la agonía.
Qué con sus quejas y sus súplicas
cenizas de mis preguntas;
porque de él tengo la certeza de existir
y una larga hipótesis que huye
en poemas que sufren.
Yo soy el muerto que le reza cada noche
para que duerma tranquilo
y no padezca la pesadilla de estar vivo.
Yo soy el muerto al que le dicta su olvido
lleno de amores inventados en países míticos;
el que lo lleva a cuestas
por ninguna parte de ningún destino;
soy la vigilia, el muro de su locura,
la caída de un insecto volátil
que a diario choca en su ventana:
única salida que nos mantiene cautivos.
miércoles, 13 de febrero de 2008
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