Ha estado enfermo el cielo, apenas mira,
con trabajos habla con el idioma profundo de su altura;
su infinito duerme ahora como recién nacido,
casi podría decirse que está muerto
o a punto de abandonar a los hombres.
Esto lo sé con la certeza del que nada espera.
A nadie como a mí le duele su obligado silencio
y en mis labios la sal caída de su lluvia brilla,
como un puñado de estrellas que Dios despreciara,
justo cuando soy el más huérfano de los delirios,
la última sombra de mi casa, donde ya no viene de visita el viento
y el cielo huye de mis ojos
como un alarido que saliera de la nada.
martes, 25 de diciembre de 2007
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